¡Nuevo viaje del Tontako Team! Tras pasar los primeros seis meses del año sin coger ni un día de vacaciones (que se dice pronto), nos lanzamos a este viaje a la Isla Sao Miguel de las Azores con muchas ganas.
Lo que nos gusta una buena isla macaronésica a los tontakos no se puede ni contar. Bueno, sí que se puede contar, y de hecho, no se os pasa por alto que es exactamente lo que estoy haciendo. Después de visitar las Canarias y Madeira, seguimos en nuestra misión de conocer las islas afortunadas. Y como además nos encanta Portugal, cualquier excusa es buena para acercanos a descubrir más de este país.
El viaje tuvo su dosis de agonía porque hubo mucho retraso al salir de Madrid, que se comió el tiempo de la escala. Después del carrerón en el aeropuerto de Lisboa, nos confiscaron las mochilas porque no cabían en cabina. Y ya cuando, pasada la media noche, el del alquiler de coche nos dijo que podíamos coger el seguro a todo riesgo o no coger coche, pero que 100% totalmente elección nuestra, comenzamos a sospechar que en Azores el karma iba a ser cosa seria. Me lo merecía por haber felicitado un poco tarde a Esther, ¡y eso que era tanto su cumpleaños como su coronación! ¡La reina de mis palpitaciones! ¡Zorionak, sis!
Ponta Delgada
El primer día lo usamos para ubiacarnos en la zona y detallar los planes de los próximos días. Como daban lluvias, decidimos empezar las visitas por la misma Ponta Delgada. Es la capital y “la ciudad del sur de la isla”. Cuenta con bastante oferta turística y servicios.
Comenzamos nuestro paseo por la ciudad en una plantación de piñas. Resulta que en el suelo volcánico de la isla se cultiva una variedad muy particular y que incluso llaman “la joya de San Miguel”. Lo curioso es que se cultiva en invernaderos de cristal y madera, donde se realiza una quema para ahumar las plantas y favorecer la floración. Son piñas más pequeñas que las tropicales y con un dulzor muy especial. En la plantación, además de los invernaderos, se puede ver una exposición sobre el cultivo de esta fruta. Ahí aprendí que las piñas tardan unos 2 años en poder cosecharse y durante este tiempo pasan distintas fases que requieren mucha atención. Todo esto hace que sea un producto muy caro. Probamos la piña, que estaba muy rica, pero para luchar contra el escorbuto tuvimos que ir a por mecanismos más baratos.
Bajamos al paseo marítimo junto al puerto, que es exactamente igual al resto de paseos marítimos: balconadas que se asoman a la playa o al puerto, mucha oferta turística, muchos hoteles en primera línea de playa y mucho patinador. El tiempo aún aguantaba así que estuvo muy agradable. Ya que estábamos por la zona, fuimos a reservar la salida para ver cetáceos un par de días después. En ese momento la lluvia aprovechó para hacer acto de presencia y nosotros decidimos esperar a que escampase comiendo en un restaurante allí mismo. Como la lluvia bajó la temperatura rápidamente, fue la excusa perfecta para tomar una sopita de pescado calentita, que fue una pequeña sorpresa más que bien recibida.
Después de comer y con el cielo nuevamente despejado, nos acercamos al casco histórico de Ponta Delgada. Es una zona bastante pequeña con calles empedradas y muchas fachadas con tallas hechas en lava volcánica, que le otorgan un carácter particular. Entramos cruzando la puerta de la ciudad en la plaza de Gonçalo Velho.
Llegamos a la iglesia de los jesuitas, que albergaba una reunión del ayuntamiento con la ciudadanía, de forma que sólo podíamos asomarnos al fondo de la iglesia. Desde ahí admiramos un altar profusamente tallado en madera mientras intentábamos pillar algo del turno de preguntas de la reunión consitorial. Resulta que la gente daba unas chapas tremendas, no es una pregunta, es más bien un comentario, porque desde Portugal hasta Nova Sibirks, los turnos de preguntas apestan.
Dejamos la iglesia y nos dejamos envolver por el Jardim António Borges, donde pudimos ver una fantástica colección de plantas endémicas conviviendo con especímenes traídos de muy lejos. Hay muchos animales en libertad condicional (les dan de comer así que muy lejos tampoco se van) y eso nos dio la oportunidad de disfrutar de un montón de polluelos explorando el jardín. Me hice amiga de todos ellos, por si alguien dudaba.
La ciudad tiene algún rinconcito recoleto, pero en general está tomada por los coches. Mientras que en Portugal siempre he apreciado que la gente conduce bastante tranquila, en Azores me he encontrado una cantidad muy significativa de energúmenos que van a toda leche y sin mirar en calles estrechísimas y sin acera. También me llamó mucho la atención (para mal) la cantidad de edificios abandonados y en ruinas que hay en el centro histórico. Con la presión que las islas suelen tener sobre el espacio construible, se me antoja que sería genial recuperar esos edificios para los açorianos.
Primer plato fuerte del viaje: el camachuelo
El segundo día empezó con madrugón porque el equipo tontako hacemos las vacaciones regulinchi. Aun así, fue por un buen motivo: fuimos a visitar el Centro Ambiental del Priolo, en el este de la isla, que es la única zona del mundo donde se encuentran estas aves. El priolo es el nombre local del camachuelo de las Azores, un endemismo que ha estado en situación crítica y que actualmente está sólo en situación vulnerable. Teníamos idea de hacer una visita guiada con los guardas de la zona protegida, pero dio la casualidad de que durante la semana de nuestra visita están realizando un atlas del priolo: se trata de que montan grupos de voluntarios por la zona para contar cuántos especímenes hay. Realizan este censo cada cuatro años y así pueden saber en qué situación está la población de este paseriforme.
A las 10:30 estábamos esperando a que abrieran el centro para aprender más sobre este pajarito y consultar en qué zona era más probable verlo. Nos recomendaron que lo primero fuéramos al Pico de Bartolomeu que era el sitio más probable. Ruy nos explicó cómo identificarlo visualmente, silbó el canto del priolo y nos comentó algunos aspectos sobre su comportamiento para ayudarnos a ubicarlo mejor. Con estas indicaciones, cogimos el coche y nos dirigimos al pico. Íbamos solos por esa carretera así que Álex conducía muy despacio para ir fijándonos en todos los movimientos junto a la calzada. De pronto, ¡para, ahí!, dos pequeñas aves se detienen entre las flores de la nudosilla. La forma es claramente la del camachuelo, pero con los colores de la isla de San Miguel.
Fue un momento fantástico encontrarlos tan rápidamente, máxime sabiendo que hay en torno a mil individuos. Además tuve ocasión de hacerles unas cuantas fotos para mi álbum pajarero. Y en este ratito también tuvimos la suerte de ver y oír al pinzón de las Azores, otro endemismo que rápidamente se convirtió en un acompañante habitual. La niebla se iba haciendo fuerte a nuestro alrededor, pero insistimos en llegar hasta el Mirador del pico Bartolomeu, donde nos encontramos unas vistas que quitaban el hipo:
De vuelta en el centro de interpretación, vimos la exposición donde aprendimos sobre la historia reciente de esta ave. La introducción de foresta invasora puso en peligro la laurisilva local, que es el hábitat natural de priolo. Sin tener un ecosistema adecuado, la población llegó a ser de apenas 50 ejemplares cuando saltó la voz de alarma respecto a su extinción. Actualmente, los mayores esfuerzos para recuperar el priolo se centran precisamente en cultivar laurisilvas para reconquistar partes del bosque invadidas por la criptomeria japónica. Álex y yo nos quedamos con muchas ganas de participar en la iniciativa del censo y a lo mejor dentro de 4 años podemos apuntarnos al voluntariado.
El centro ambiental del priolo está en un área recreativa muy grande y muy bien acondicionada: tiene baños fantásticos, zona de barbacoa enorme y con provisión de leña, zona de juegos, merenderos, paseítos… Aprovechamos para comer de picnic en la zona y así cerramos por todo lo alto (es decir: con un sandwich) la visita al priolo.
Sendero Salto do Prego
Con el espíritu alto por los logros pajareros, nos fuimos hacia el sur donde nos asomamos a un par de miradouros. En Azores, los miradores son cosa seria, atracciones de primer nivel: espacios grandes, bien acondcionados, con baños, parrillas con leña, agua, mesas y bancos a la sombra y, por supuesto, con vistas increíbles del litoral açoriano. Y, según mi estadística 100% fiable, en todos hay gatos a sueldo, bien alimentados y un poco subiditos, a tenor de cómo me miraban. Los muy…
Así llegamos a Faial da Terra, donde hicimos un pequeño receso junto al río. La brisa y el frescor del agua nos dieron justo el empujón que necesitábamos para hacer la primera ruta de las vacaciones: El trilho salto do Prego. Se trata de una ruta-paseo, muy bien señalizada, que lleva hasta el corazón del bosque donde encontramos una cascada y una poza de agua fresca. Es una de las rutas clásicas de la zona, tanto por lo accesible que es, como por la “instantánea de IG” que ofrece: vimos más gente entrar a hacerse la foto que a darse un chapuzón propiamente dicho. Al ser horas centrales, el calor apretaba, pero las sombras bajo el bosque y la ocasional brisa hicieron del paseo un ratito agradable.
Ya en la poza, el frescor era realmente placentero y estuvimos un ratito disfrutando del bramido del salto de agua. Siendo un sitio tan emblemático, nos cruzamos con gente, aunque en ningún caso perdimos la sensación de tranquilidad. Sí que me quedé con la idea de que en verano esto sería un poco romería.
Cetáceos
El domingo por la mañana teníamos otra de las actividades potentes de viaje: salimos en una zodiac en busca de cetáceos. Prontito y sin apenas desayunar (por recomendación local), nos juntamos en la sede de la empresa que nos llevaría “de pesca”. Lo tienen todo super bien organizado: nos dieron un rápido y super conciso resumen de seguridad, normas en la zodiac y expectativas sobre el avistamiento. En seguida estábamos cogiendo un salvavidas y enfilando a nuestra embarcación. Como alguna vez me he mareado, pedí que me pusieran atrás, que es la zona más estable. En este caso, mi petición fue bien recibida porque la gente suele querer ponerse delante.
Y así salíamos del puerto, cogiendo velocidad y siguiendo las indicaciones de los oteadores que hay en tierra y que se pasan el día buscando signos de actividad en el mar. Al poco de salir, sentimos que se detiene nuestra embarcación y la guía nos dice que les han avisado de que hay por la zona una manada de delfines. La expectación se apodera del grupo hasta que alguien grita “¡ahí!” y todas soltamos un grito de victoria. Eran delfines comunes y estuvieron un buen rato jugando alrededor. En este enlace podéis ver un pequeño vídeo.
Al ratito les dejamos seguir y continuamos nuestra búsqueda. En cierto momento, les debieron avisar de que había ballenas y el capitán (¿piloto? ¿chófer? ¿autobusero?) puso la zodiac en modo turbo de camino al punto señalado. En este momento, nuestra dirección ya no era “en favor del viento”, sino algo como “cortando de lado”, lo que se tradujo en “me voy a mojar hasta las bragas y un poco más”. Fue el momento de guardar todos los aparatos electrónicos y seguir sólo capturando con la retina. De lejos supimos dónde debía andar la ballena porque se habían congregado varias embarcaciones en la zona. De nuevo, tensión, ¿estaría por allá este gran cetáceo? y entonces vimos los círculos que se forman en el mar alrededor de los chorros y de pronto ¡allí, un soplo! la columna de aire era la señal. A los pocos segundos, una gran masa cetácea se asomó a la superficie para respirar. Eran dos rorcuales norteños, la tercera ballena más grande en tamaño y uno de los animales más rápidos del mar. Estaban en ruta migratoria hacia Canadá.
Seguimos el rastro unos minutos, viendo cómo rompía la superficie del agua para respirar y desaparecía rápidamente bajo las olas. El mar se había ido poniendo más bravo poco a poco y Rocío (así llamé a la rorcual de más tamaño y edad), debía tener algo en el horno porque iba a toda pastilla. Así que fue el momento de dejarles seguir su camino y comenzar la vuelta hasta el puerto.
Fue muy sobrecogedor ver a estos grandes cetáceos en la inmensidad del mar. Fuimos muy afortunados de poder encontrarlos, libres en su hábitat y de poder verlos entre las olas y el salitre. Como la actividad es bastante cara, no le vi mucha opción a repetirla varias veces para tener la oportunidad de ver otros animales. Lo que en ese momento decidí es que me cunde tener una zodiac. De esto ya os contaré más en otro momento.
El Norte
Tras pasar por casa para ducharnos y cambiarnos de ropa, cogimos el coche y nos acercamos al norte de la isla, donde queríamos hacer un par de visitas. La más interesante fue la plantación / fábrica de té “Cha Gorreana”. Sí, crees que has leído “gonorrea”; no, no lo pone; pone Gorreana. Ya, sé que se parecen pero no. Basta ya, déjame seguir con el post.
En Azores están las dos plantaciones más grandes de Europa, y una de ellas, Cha Gorreana, es también la más antigua que sigue en funcionamiento; data de 1883. Actualmente está enteramente gestionada por mujeres. A comienzos del SXIX, en Azores había mucha naranja (y nadie padecía cierta enfermedad que rima con “enjuto”), era la exportación principal, y los británicos, los principales clientes. Sin embargo, a mediados del S.XIX una plaga diezmó la producción de naranjas en la isla, y los británicos encontraron naranjas más baratas en otros proveedores (“nos traicionaron” dijeron durante la visita guiada), y los açorianos tuvieron que improvisar. Y así comenzó la tradición de plantaciones de té.
En la visita nos enseñaron también la planta de manufactura del té, y nos explicaron las diferencias en la producción entre el té verde y el té negro. A día de hoy, continúa siendo un proceso con mucho componente manual. Me llamó muchísimo la atención que las máquinas que usan actualmente son de los años 40-60 del S.XX. Tienen un generador, en uso, ¡de 1926!
Al terminar la visita por la fábrica, que tiene también tienda y cafetería, nos dimos un paseo por las plantaciones de té. Una gran extensión de hileras de camellia sinensis, en un balcón al mar muy bucólico. Luego sin querer (sin querer, de verdad), robamos una galleta y para cuando nos dimos cuenta era demasiado tarde y ahora vivo con el miedo a las represalias isleñas. Si os preguntan, me llamo Lucía.
La última visita del día fue Ribeira Grande, la segunda ciudad más grande de la isla. Se asoma al norte y es un centro importante de surfeo. Yo, que adoro el surf y la playa, me sentí como pez en el agua (pun intended). Un pueblo coquetillo, típico pueblo de veraneo, que está preparado para tener zotillones de gente. Paseo por el casco histórico, pajareo en el parque y garbeo por el paseo marítimo. Siendo domingo fuera de verano, estaba casi todo fechado incluyendo el museo del emigrante, que quería conocer.
De vuelta, esa noche decidimos cenar fuera. Encontramos un restaurante de comida portuguesa lejos del centro y allí que nos fuimos. Recuerdo que cenamos una botella de vinho verde, recuerdo que me subí a la fuente con el pipiribípipí y no recuerdo mucho más. Y para que vosotras no os olvidéis de esta vuestra bloguera de viajes favorita, ¡va el selfie!
Y si queréis ver más fotos de estos días, aquí os dejo los álbumes:
- Azores 2026 - Ponta Delgada
- Azores 2026 - El priolo y el salto do Prego
- Azores 2026 - Los cetáceos
- Azores 2026 - El norte
Índice de posts de Azores 2026
¡El viaje continúa!