Seguimos el viaje a Grecia 2026 recorriendo la península del Peloponeso, con una selección de greatest hits de la zona, todas muy chulas.

Canal del Istmo de Corinto

La primera parada fue justo la muga entre Grecia Central y el Peloponeso. Se trata del Istmo de Corinto, cuya función principal es poner a prueba la capacidad de pronunciar tres consonantes seguidas sin ton ni son. El istmo es la franja que une el continente con la península y justo ahí se construyó un famoso canal.

En la antigüedad, los barcos descargaban a un lado del istmo y llegaban hasta el otro lado por tierra, ya que bordear la península en barco era demasiado arriesgado, ¡piratas! Por este motivo, desde el S.VIII aC ha habido gente queriendo cruzar el istmo en barco. Nerón comenzó las obras en el S.I, incluso él fue a Corinto con una pala y se ensució las manos, para demostrar que era un emperador del pueblo. Poco tiempo después de su muerte, se abandonaron las obra porque no debían estar muy bien enfiladas.

Diecinueve siglos después, Grecia se independiza de los otomanos y el proyecto se pone en marcha de nuevo y de forma definitiva. Así surgió el actual Canal de Corinto, aunque hoy en día su uso mayoritario es para rutas turísticas, ya que es demasiado pequeño para los barcos comerciales grandes.

Corinto

Cerca del Istmo está la ciudad que le dio nombre. Corinto fue un emplazamiento bastante importante, y a día de hoy queda un yacimiento estupendo.

Lo más destacado es el templo de Apolo, que, aunque queda poquito en pie, sí que queda lo suficiente como para yo pusiera una reclamación. Resulta que en Corinto, atención, hicieron un super templo y le pusieron capiteles… ¡dóricos! Maldita sea, Corinto, you had one job.

¿Dónde están las hojas de acanto que yo las vea? ¿Dónde están las hojas de acanto que yo las vea?
Aquí están, pero no en el templo Aquí están, pero no en el templo

Esta ciudad es también donde vino San Pablo (de aquellas él se presentaba como “Pablo, a secas”) a cartearse con los corintios, que debían ser bastante depravados, incluso para los estándares de la época. Dicen las habladurías que no le hicieron mucho caso, pero que él insistía, con un super método de 10 pasos para “dejar la herejía atrás, y lo que surja”. (spoiler: no surgió nada)

As herejé, ja dejé... As herejé, ja dejé...

Después visitamos el museo del yacimiento, con unas cuantas piezas que excavaron en la zona y con bastante información sobre las distintas épocas de la ciudad. En este museo aprendí dos cosas, a cada cual ḿas importante. Por un lado, los corintios inventaron el torno de cerámica (internet no está de acuerdo con esta afirmación, así es la vida) y por otro, atención, la letra Q de nuestro abecedario es un legado corintio. ¿Cómo os quedáis? Pues así me quedé yo y por eso, durante nuestra visita al Peloponeso, pasamos a ser Tontaqorinto Team.

¡Tontaqorinto! ¡Lo pillo! ¡Tontaqorinto! ¡Lo pillo!

Epidauro

Cerca de la ciudad de Epidauro está el yacimiento del Santuario de Asclepio, que venía a ser un complejo residencial médico + lugar de culto.

Quedan restos arqueológicos de varios templos, de la zona de habitaciones para residentes, de un estadio, del Tholos circular…

Y por supuesto, este sitio es célebre por el Teatro de Epidauro que construyeron, y que está muy bien conservado. Pusimos a prueba la famosa acústica del teatro, ¡y la verdad es que impresiona mucho cómo reverbera!

El edificio además llama la atención por el enclave donde se construyó y por lo bien integrado que está con el medio que lo rodea.

Anecdotilla: resulta que el teatro de Epidauro tenía mucha relación con el culto del Santuario y se entiende que es un sitio que hay que respetar. Por lo tanto, hay una celadora que, pito en mano, amonesta a quienes no muestran el debido decoro al monumento. La cuestión es que en el contexto de ¡un teatro! pues la gente se viene un poco arriba y la señora estuvo haciendo horas extras con el silbato. Lo cierto es que en un determinado momento, aquello parecía Footloose: una señora se pone a cantar el Hallelujah y todo bien; un tipo se pone a declamar un discuro de Churchill (osloputojuro) y bien también. Pero en esas que un chaval puso spotify, ¡MEC!, otro probó a ver cómo se oían los aplausos, ¡AMARILLA! y una familia se puso a danzar, ¡ROJA Y EXPULSIÓN! Además el cabeza de familia era un cuñadete del kopón y se encaró, pero esa vigilanta tenía una misión y la pensaba cumplir hasta su último aliento.

Llevaba chispeando todo el día y de pronto se puso a llover así que el teatro se despejó rapidito y quedamos unos pocos paseantes resistentes al agua.

Nauplia

Una cudad de las que “no te puedes perder” es Nauplia, por sus callejuelas con encanto, sus ¡muchas! fortalezas, su paseo marítimo junto al puerto donde hay 3487 yates (los conté)… En su día fue una ciudad muy disputada entre Venecia y el Imperio Otonamo. Finalmente ganaron los italianos y se nota mucho en el carácter de la ciudad, así como en la cantidad de restaurantes italianos o de influencia italiana y, por supuesto, las heladerías que hay por todas partes.

Una cosa que me llamó la atención es la cantidad de joyerías que hay. ¿Sabéis cuántas joyerías son demasiadas? Pues yo tampoco pero, sin lugar a dudas, Nauplia tiene demasiadas joyerías. También tiene una fortaleza en lo alto, el Palamidi, a la que no pudimos subir por horarios, pero que desde fuera tiene una construcción muy particular.

Micenas

  • Hoy toca Micenas -comenté distraída a Esther.
  • Pues que aproveche -respondió.

Así, y de ninguna otra forma, comenzó mi visita al centro de una cultura y de toda una época. Antes del clasicimo ateniense, Micenas controló una civilización fabulosa allá por el S.XVI aC, y de hecho, fue la inspiración para buena parte de la mitología griega.

Llegamos al yacimiento de Micenas luchando contra un viento bastante fuerte, que nos acompañó durante toda la visita. El sitio arqueológico tiene tres partes (según mi criterio). La parte baja, donde quedan restos de una fuente, de algún tholos y más piedras…

La acrópolis de Micenas, ciudad amurallada que albergaba el palacio real y todos los órganos administrativos y religiosos. Se accede por la famosa Puerta de los leones, y aquí es donde, se supone, tuvo su corte Agamenón. Esto nos lo contaron en el museo-que-no-debe-ser-nombrado y aquí fuimos conectando puntos.

En los paneles hay bastantes explicaciones sobre la gestión del agua que exigía mucha creatividad e ingenio.

Desde allá arriba, no me resultó difícil imaginar cómo habían elegido ese lugar como emplazamiento clave. Las vistas eran realmente magníficas y varias montañas sirven de parapeto natural. Estuve un rato pensando que, de todas las cosas que no comparto con los micénicos (casi todas, no nos engañemos), una que sí comparto es que Agamenón y yo vimos los mismos montes y valles prácticamente igual, pues las montañas siguen un calendario de otras magnitudes.

La tercera parte es el Tesoro de Atreo, una tumba de tipo tholos donde enterraron a ¡Agamenón! Está bastante retirado de la ciudad y recuerda a los enterramientos de reyes egipcios. También tenía un tesoro. Tampoco me llevé el tesoro a casa. Y ya van 46 tesoros que no me traigo a casa.

Para terminar esta visita, nos pasamos por el museo, donde pudimos ampliar la información sobre las excavaciones.

Me gustó mucho Micenas en tanto que es doblemente mítica. Cualquier yacimiento de hace dieciocho siglos tiene una pátina de fantasía ineludible, ya que incluso la arqueología más espartana (pun intended) tiene que rellenar algún hueco. Pero es que Micenas además es la tierra de los grandes mitos de Grecia. Menelao, el hermano de Agamenón, requirió su ayuda para rescatar a Helena. Agamenón no tuvo mejor idea que sacrificar a su propia hija para conseguir vientos propicios. Y allá que se fueron a Troya. De época también son las historias de Aquiles y Héctor y el famoso caballo. Diez años después del comenzar el asedio, el rey de Micenas volvía a casa para ser asesinado por su esposa, que seguía enojada por el filicidio. Tiempo después, Orestes, el otro hijo de Agamenón mató a su madre en venganza. El nivel de plot twist de esta familia no lo ha visto ni el Sálvame en su mejor temporada. Diez siglos después de que todo esto sucediera y quedara documentadérrimo, Sófocles, Eurípides y Esquilo se repartían los royalties para convertir todo ese chisme en tragedias griegas.

Mistrá

Fuimos a ver Mistrá un poco por casualidd. Nos encontramos referencias en un par de sitios y nos pareció curioso, pero tampoco habíamos leído mucho y yo, desde luego, no había oído hablar de este sitio con anterioridad. Así que fue una enorme sorpresa lo que nos encontramos.

Mistrá es una ciudad bizantina, de hecho fue la última ciudad bizantina, pues aguantó aún algunos años después de la caída de Constantinopla.

Lo que queda actualmente son las ruinas, bastante bien conservadas, de la ciudad antigua. Se puede pasear por sus calles, asomarse a / imaginarse casas, corrales, baños…

También visitar los muchos templos bizantinos que hay por toda la ciudad.

Impresionan mucho las dimensiones del yacimiento. Además de que se puede recorrer prácticamente entero y es fácil imaginar lo duro que debía ser tener una población de treinta mil personas entre aquellas murallas.

Hay además un palacio muy reconstruido, pero muy bien integrado con el conjunto y que ofrece muchísimas mini-exposiciones de arte, vestimentas, joyas…, que añaden más sofisticación a la parte arquitectónica.

Hay un monasterio ortodoxo que tiene actualmente cinco religiosas viviendo allí; se trata del monasterio de Pantanassa.

Me acerqué a una de las religiosas y le comenté que, como son cinco las que habitan el monasterio, mejor le cambiamos el nombre a Pentanassa. Me dijo que no entendía ni papa de español pero que seguramente mi txistako no le haría ni puñetera gracia. Si has llegado hasta aquí y no pillas el txistako, seguramente nunca llegues a ser pentacampeón de las Yamilíadas.

¡Pentanassa! ¿Lo pilláis? Si hasta el gato lo pilla... ¡Pentanassa! ¿Lo pilláis? Si hasta el gato lo pilla...

Pero vaya vistas impresionantes desde allí arriba…

Arcadia

La zona de la Arcadia es donde están, según los griegos, el arquetipo de pueblos de montaña. Stemnitsa y Dimitsana son dos pueblos muy famosos de la zona. Construidos en la ladera, con fuerte pendiente y muy estrechos, están llenos de callejones y miradores alucinantes. También ofrecen una estampa bastante impresionante desde el frente, sobre todo si puedes volar y coger una buena panorámica.

Por esta zona pasa la ruta Menalon, que debe ser como el Camino de Santiago griego. Hay una etapa que va desde Stemnitsa hasta Dimitsana y pasa por el monasterio de San Juan Bautista, incrustado en la pared vertical de la garganta del Lousios, y donde los monjes te ofrecen café y pastitas. Es lo mínimo ya que llegas hasta allí. El paseo estuvo muy bien, pues se hace bajo la sombra de los árboles y con el frescor de la garganta.

Olimpia

La última gran visita del Peloponeso fue Olimpia. Llegamos a eso de mediodía y nada más aparcar, nos sorprendió mucho la cantidad de turistas que había aquí, muchísimos más que en el resto de monumentos que habíamos visitado, con excepción (tal vez) de la Acrópolis de Atenas. Por la tarde nos enteramos de que Olimpia es visita típica para los cruceros que paran en el puerto de Katakolón. Tuvimos la suerte de hacer la visita a mediodía, de forma que todos los turistas de crucero ya estaban de vuelta así que dentro del recinto nos quedamos muchos menos visitantes. Esta dinámica de cruceros explica también por qué el pueblo está dimensionado para la restauración como si recibiera miles de visitantes a diario durante 4 meses sin parar.

Este yacimiento tiene restos de mucho tiempo atrás, aunque la época dorada del sitio sucedió cuando se montó ahí un santuario dedicado a Zeus y a la competición deportiva. Olimpia aguantó mucho tiempo después de su era griega, pues el propio Nerón llegó a participar en unos Juegos Olímpicos. Hizo tantas trampas que incluso le quitaron del registro de vencedores tras su muerte. Pero bien que esperaron a que palmara y no le afearon las trampas jamás mientras vivía.

Quedan los restos de muchos monumentos, entre los que destaca el templo de Zeus, donde Fidias colocó su colosal estauta crisoelefantina del dios griego.

Como tantos otros yacimientos, hay un museo adjunto. En este caso me resultó bastante pequeño para las dimensiones de Olimpia, pero muy bien organizado. Además, pudimos admirar el Hermes de Praxíteles y pensar, por enésima vez, cómo es que tras este desarrollo técnico escultórico, la Edad Media tuvo que empezar prácticamente de cero.

En Olimpia pudimos hacer pajareo y arqueopajareo. Os dejo adivinar cuál es cuál:

Y en fin, no quiero hablar mal de Praxíteles, pero su Hermes no puede competir con el selfie tontaqorintio:

Y si queréis ver más fotos de estos días, aquí os dejo el álbum completo del Peloponeso. Seguimos destino a las islas. Hay unas seis mil en Grecia, y esperamos visitarlas todas, ¡suena a aventura!

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