Tras la visita por Lisboa, tocó coger el coche de nuevo y encaminarnos hacia Sintra; es un sitio muy turístico pero tenía pinta de merecer la pena el agobio previsible; es un fantástico pueblecito cuyo centro histórico está en una loma (no os lo esperábais, ¿eh?). Callejuelas, tienditas y una avalancha de turistas que nos llevó a pensar que en Octubre será mejor época. Sintra fue un lugar de mucha importancia en el pasado de Portugal y tiene varias visitas monumentales interesantes, de los cuales el más importante es el Palacio da Pena. Nos dimos un super paseo resbaladizo desde la loma hasta lo alto de la montaña donde estaba el Palacio y se nos había hecho tarde para entrar (es decir: teníamos hambre y pipí).

En el paseo bottom-up de Sintra había una exposición sobre mitos. No sé por qué, fotografié esta :) En el paseo bottom-up de Sintra había una exposición sobre mitos. No sé por qué, fotografié esta :)

La ciudad me gustó mucho: muy agradable para pasear, llena de rinconcitos y un gran surtido de monumentos para elegir. ¡Y paseo incluido! (os recuerdo los 40kms de mentira que nos hicimos en Peneda Gerés). Eso sí, aquí es donde inventaron e implantaron por primera vez la idea de hacer que todo el mundo se resbalara. Marta se resbaló una vez y tuve que bajar a por ella en taxi. Y cada rato había gente que inexorablmenente iba resbalando hasta la casilla de salida. Anda que no jodía…

Sintra desde arriba. En esta ciudad no aplica la ley de “no dejamos a nadie atrás”, más bien aplica la ley “no te agarres a ver si nos caemos los dos”. Era la jungla. Sintra desde arriba. En esta ciudad no aplica la ley de “no dejamos a nadie atrás”, más bien aplica la ley “no te agarres a ver si nos caemos los dos”. Era la jungla.

Como era tarde para comer incluso según los parámetros españoles, en lugar de quedarnos en alguna terraza por Sintra, nos cogimos el coche (estupendamente aparcado otra vez) y nos dirigimos a la playa. Al Atlántico. Yo nunca me había bañado en el Atlántico. En el Cantábrico sí, y esto fue motivo de una ardua disputa entre Marta y yo sobre las fronteras de los mares. Gané yo, claramente, cuando le convencí de que para hacer check necesitaba que fuéramos las dos; que el agua no estaba tan fría, que son unas olillas de nada… Le costó dejarse convencer, pero mis argumentos fueron inapelables: “Marta, vas a entrar en el Atlántico conmigo. Tú decides si te arrastro, aviso a esos maromos para que te lancen al agua o entras por tu propio pie”. Lo que es argumentalmente, no tengo rival XDD

Como la zona no está masificada, tuvimos la fortuna de aparcar al ladísimo de esta maravilla de playa:

Playa preciosa, poca gente, sin chiringuito, agua limpia y olas que entraban fuertes. Una playa decente. Playa preciosa, poca gente, sin chiringuito, agua limpia y olas que entraban fuertes. Una playa decente.

Cuando el frescor del agua con el viento empezaron a apretar, y cuando Marta dijo: “me estoy muriendo de frío y mi familia te perseguirá por este talasocidio involuntario”, entonces nos fuimos. Última cena en Lisboa, en un sitio que descubrimos in extremis y que es muy muy recomendable: Casa do Alentejo. Es una casa convertida en restaurante / salón de fiestas y banquetes / bar / etc…

Casa do Alentejo en Lisboa Casa do Alentejo en Lisboa

Fue una cena de despedida inmejorable. Además, al salir del restaurante comenzó a chispear, lo que nos permitió dormir fresquitas y escapar por los pelos.

El sábado por la mañana salíamos de Portugal e hicimos una última parada en Évora: es un pueblecito pintoresco y gore a partes iguales. Aquí se encuentra la Capela dos Ossos (huesos, no osos, para los que no tengáis un máster en latín o un tío peluquero como yo): consiste, ¿lo adivináis?, en una capilla hecha de huesos, “nosotros los huesos, los vuestros esperamos” reza la leyenda que da la bienvenida a la capilla. La hicieron los franciscanos para pensar en la transitoriedad de la vida. Que yo habría hecho un coloquio o un concilio, pero ellos tenían sobreoferta de huesos y ya sabéis el dicho: “Para el que tiene un martillo todo son clavos”.

Después cruzamos la frontera y entramos de vuelta en España. Hicimos una parada en Mérida y sucedieron muchas aventuras, pero éste es otro viaje y tal vez otros lo cuenten