Dejamos el desierto tras nosotros y nos fuimos un poco al norte. Desde Mhamid recorrimos una carretera que discurre por valles y mesetas hasta Tinhgir, el pueblo que se halla al comienzo de la Garganta del Todra, nuestra siguiente parada.

Llegamos a nuestro alojamiento donde nos recibieron con el habitual té de bienvenida. Como hacía mucho viento y se notaba fresco el té supo genial. Y poco rato después salíamos del riad para pasear aprovechando que aún había algo de luz. Habíamos visto que en Tinhgir hay un monumento de visita inexcusable. Y como era verdad que no teníamos ninguna excusa, fuimos a verlo.

Se trata de la Mezquita / Medarsa Ikenale, un complejo enorme que está en restauración, y cuyas ruinas se pueden visitar si, como nosotros, te cuelas cuando no hay nadie. Fue un paseo corto porque las ruinas están bastante deterioradas y no teníamos mucha confianza en los andamios improvisados que seguramente lleven puestos y aguantando más años que los que tenemos nosotros.

A las 19:30 (que está siendo nuestra hora de cenar durante estas vacaciones) fuimos a un restaurante donde nos recibieron genial, con comida casera y un rato de conversación amena. El anfitrión, Elhousein, nos dedicó parte de su tiempo y de su historia. Mientras cenábamos (éramos los únicos, también está siendo una constante en este viaje) sus hijos pequeños vinieron a reírse y jugar un rato con nosotros. Nos transmitieron muy buen rollo y Elhousein nos dio buenos consejos para la ruta del día siguente, la que nos trajo hasta esta parte del mundo.

A la mañana siguiente nos pusimos nuestras mejores galas montañeras y nos fuimos a recorrer parte de la garganta del Todra. Partimos de la entrada principal de la garganta, y rápidamente dejamos la carretera y a los poquísimos turistas que había a esas horas de la mañana para tomar un camino de mulas y remontar el río Todra hasta un collado a unos 4 km, desde donde se baja de nuevo hasta el nivel del río.

Debe ser bastante típico hacer la ruta con guía, aunque con un gps (¡imprescindibles curvas de nivel!) es perfectamente factible. La ruta es técnicamente sencilla aunque tiene zonas expuestas que para mí supusieron un reto. Dado que esencialmente es subir, subir, subir, y luego, bajar, bajar, bajar, fuimos despacio, sin quemarnos y disfrutando del entorno natural, que fue un punto fuerte en este viaje. Apenas había gente y pudimos disfrutar de los macizos de roca y las verticalidades de la garganta. Un lujazo.

Al bajar de nuevo al nivel del río paseamos por un ksar en ruinas, caminando por los pasadizos que ya empezaban a sernos conocidos.

Antes de dejar atrás este lugar, cogimos el coche y nos internamos aún más en el valle, hasta el pueblo accesible por carretera más lejano. Allí en una terracita, Hakim nos puso té y nos contó su visión de la vida, de la primavera árabe, y de cómo le encantaría que en occidente tuviéramos una visión más adecuada de Marruecos. Como dicen por aquí, Imshalá nos veamos más veces.

Y con buen sabor de boca dejamos el Valle del Todra, una parada imprescindible para las amantes del senderismo. La siguiente parada fue el Valle del Dades donde comenzaba la recta final de nuestro viaje.

y fotazas: