Tras un genial comienzo en las montañas del Atlas, el segundo día tocaba ir al Valle de Ourika, un enclave más turístico-dominguero y con algunos aractivos naturales que nos llamaban la atención.

La ruta fue tranquila hasta llegar a Setti Fadma, donde un local nos impidió llegar al final del pueblo. Nos dijo que la carretera estaba cortada y que no se podía avanzar. Incluso se plantó delante del coche. Con tanta vehemencia nos lo creímos. Craso error. Era un “gorrilla” demasiado entusiasta. Nos metió en su coto de aparcamiento diciendo que era gratis. Yo ya me había mosqueado y tuve mi pequeña venganza al sacar el coche al ratito sin dejar un duro.

Setti Fadma es como el Ponte Vecchio del turismo. Ni en el zoco de Marrakech nos acosaron de esta forma. Nos armamos de paciencia para localizar el riad y ya con más tranquilidad pudimos planificar.

Resulta que la ruta típica (la ruta de las 7 cascadas) tiene zonas expuestas, así que vimos peligrar nuestro senderismo del día, porque yo no me veía fuerte como para arriesgarme. En el riad nos recomendaron la ruta bereber, hacia el lado opuesto, y fue un acierto.

Ni un turista, así que tampoco había nadie vendiendo desmesuradamente. Pudimos visitar varios pueblos bereber, ver a las mujeres en el río lavando la ropa, pastoreando ovejas, portando leña (vamos, que son las que curran ahí), y pudimos disfrutar de una zona chulísima:

La ruta nos había devuelto las buenas vibraciones, así que nos arriesgamos a hacer la primera parte de la ruta de las cascadas. Durante toda la ruta tuvimos que esquivar vendedores y guías excepcionalmente pesados. Finalmente llegamos a la primera cascada y me di cuenta de que apenas había sitio para disfrutar de la naturaleza, pues estaba todo tomado por los puesticos. Así que tranquilamente nos volvimos al riad a descansar y a cenar tras dos rutas muy distintas:

En este riad en Setti Fadma además nos cobraron unos cuantos euros de más. Éxito total, vaya. Aun así, no os libráis del selfie:

y de las foticos…