En nuestro riad en Zagora organizan viajes al desierto desde Mhamid y decidimos dejar nuestro coche por un día y hacer el plan turista total. Más sencillo y nos resolvía algunas incógnitas sobre la ruta.

Poco después del desayuno, se presentó Mohamed, nuestro guía y chófer durante los dos siguientes días. Habíamos pedido que si era posible el chófer hablara inglés, pero ya nos olíamos que iba a ser pa’nah; aquí hablan francés, árabe y berber.

En la primera parada fuimos a una biblioteca coránica, con manuscritos del S.XI. La biblioteca está junto a una de las madrasas más importantes del país. Una parada muy interesante e impresionante. Esta versión del viaje tenía algunas trampas para turistas con las que contábamos. Y llegó la primera: la visita nos metió de lleno en una alfarería, para ver cómo hacen las cerámicas y ya-de-paso-si-queréis-sin-compromiso comprar algo. Tras las adecuadas propinas continuamos con el viaje.

La siguiente parte de la ruta recorría un palmeral, junto al río Draa, donde vive gente en casitas de adobe. Y al salir del palmeral debíamos cruzar una meseta que nos dio la oportunidad de unas vistas estremecedoras.

Poco después llegamos a Mhamid, también llamado “La puerta del Sáhara”. Allí nos dieron de comer (tajine de pollo, super típico) y en un ratito nos escapamos a hacer un FTF (first to find, en geocaching). ¡En Marruecos! Un super hito en nuestro viaje.

Tras Mhamid el 4x4 empezó a trabajar de verdad: se termina la Nacional 9 (que va desde Marrakech hasta Mhamid y que recorrimos entera durante el viaje) y comienza el desierto, casi sin avisar. A ratos por pistas parcialmente marcadas y a ratos por encima de las dunas fuimos adentrándonos en el Erg-Chgaga, “campo de dunas Chgaga”.

En algún momento de la ruta, el coche se quedó atascado en la arena. Al principio, ji ji ja ja. Y el 4x4 no salía. Después salimos del coche y ofrecimos ayuda. No hacía falta decía el chófer. Yo pensaba que igual sí porque el coche seguía atascado. Como una hora después, el coche seguía atascado, y nuestro chófer ya había jurado y perjurado en francés, en berber y en una mezcla de alemán con ruso enfadado. Alex y yo intentamos no molestar (ya que no podíamos ayudar) y estar tranquilos. Todo iba más o menos bien hasta que nos dice “no salgáis del coche”, pilla una botella de agua y se pira. Por el desierto. En plan hacia donde me guíen las estrellas. ¡Pero eran las 16 y no había estrellas! Reconozco que por un momento, encerrada en el coche en medio del desierto y sin guía tuve algunos pensamientos un poco más tensos. Incluso hicimos inventario de agua. Y teníamos el track de vuelta a Mhamid. Y menos mal que en ese momento volvió Mohamed con la caballería, y por fin pudimos sacar el coche.

Y con esas llegábamos al campamento en el desierto. En esa época del año éramos los únicos, junto con Mohamed (nuestro chófer) y Mohamed (el cocinero tuareg / relaciones sociales / cuidador del campamento) que vive aquí permanentemente. Nos recibió con té y antes de que cayera el sol, fuimos a recorrer las dunas. Y a coger un caché que hay en medio del desierto. Ay el vicio. A las 18:30 ya había anochecido por completo. El campamento era puro silencio. Mohamed (cocinero) sacó un par de yembés y estuvimos haciendo música un rato. Menos mal que estábamos solos. Mientras tanto se terminaba de hacer nuestro tajine de pollo (super típico, ya os digo) que fue el mejor tajine de nuestro viaje. Y tras la cena y la charleta con Mohamed, estuvimos un rato mirando las estrellas, que en el desierto el cielo es inmenso y claro. Pudimos contar más o menos un millón de estrellas antes de que el frío nos obligara a entrar en la tienda para pasar la noche en el desierto.

Fue la noche más fría, con el viento azotando la haima y ni las 4 mantas nos permitieron dormir calentitos. Aun así, a las 6:50 salíamos de nuevo de la tienda para subirnos a una duna y ver salir el sol justo antes del desayuno. Sobre las 9 de la mañana teníamos todo preparado y nos despedíamos de nuestro amigo tuareg al que dejamos sacudiendo la arena de los cojines. Y de nuevo al 4x4 con nuestro chófer; tocaba recorrer el desierto de vuelta a las carreteras (parcialmente) asfaltadas. La vuelta fue mucho menos accidentada que la ida, y solo tuvimos que parar cuando reventó una rueda. Dicen por aquí que eso no les pasa a los camellos. Creo que es humor del desierto.

De vuelta en Zagora recogimos nuestro coche y enfilamos hacia la Garganta del Todra, un poco al norte. Pero es otra historia y será contada en otro post (spoiler alert: seguramente en el siguiente post). Mientras, el habitual selfie:

y foticos…

¡Seguid atentas!