La primera etapa de este viaje ha sido el Parque Estatal Adirondack, un parque del que apenas sabía nada, pero que queríamos conocer puesto que los tíos de Alex nos habían invitado. Tras cuatro días se ha convertido en un sitio muy especial y que ha supuesto una enorme sorpresa.

Tras un largo viaje de avión, tren y bus, durante unas 20 horas, llegamos bien de noche a Saratoga Springs, donde Cristina y Lee nos estaban esperando. Me monté en el coche y dormí las 2 horas hasta llegar a la cabin. Una vez allí me arrastré hasta la cama a dormir, derrotada con el viaje. Sin embargo, no contaba con que todos estos kilómetros por tierra me estaban transportando mucho más lejos de lo que mi cansada imaginación podía concebir. Por la mañana, tras abrir los ojos y despejarme un poco, me encontré aquí:

El lago Goodnow desde nuestro rinconcito El lago Goodnow desde nuestro rinconcito

Alexander Camp, la casita en el bosque de Lee y Cristina, está situada junto a uno de los 3000 lagos que hay en las Adirondacks y es todo lo que una se imagina que es un rinconcito en el bosque: mágico. Solo el rumor del viento entre las hojas de los arces, las ardillas cruzando por delante de la casa y las ocas canadienses rompían el silencio que nos acompañaba mientras leíamos en las mecedoras.

Alexander Camp Alexander Camp

Si descubrir un sitio increíble como Adirondacks es emocionante, hacerlo de la mano de dos conocedores y amantes de este parque es un lujo como pocos. Adirondack es un Parque Estatal de Nueva York al norte del estado. Tiene una extensión de unos 24000 kms2, lo cual es realmente grande: tiene mayor superficie que Navarra, País Vasco y La Rioja juntas, y es más grande que Yosemite, Grand Canyon, Archers y Yellowstone juntos. Recibe unos 10 millones de visitantes al año. Son cifras que me parecen loquísimas.

Esta extensión es doblemente interesante por la gestión que lleva. Es un parque estatal, con parcelas privadas dentro y con grandes extensiones de terreno forever wild, lo que significa que se preservan para siempre, no se puede edificar nada y solo se puede acceder en kayaks a través de sus lagos, pues tampoco hay carreteras.

En los días que estuvimos, pude aprender un poco de los animales que habitan la zona, algunos más prudentes y otros más confiados; y fue precioso ver asomarse al otoño en los ocres y morados de los árboles.

La primera mañana, nuestros anfitriones nos habían preparado un planazo: recorrer el lago Goodnow en sus kayaks. Alex y yo, que no somos buenos aviadores, pero llevando un kayak tampoco somos buenos, nos lanzamos sin (casi) ningún pudor a nuestras embarcaciones. Lee y Cristina irían en una canoa más grande, donde además llevaban el picnic.

Fuimos recorriendo el lago bajo una invasión de moscas asesinas, hasta que llegamos a la Blueberry island, donde nos esperaba una sorpresa mayúscula: con los prismáticos pudimos ver claramente dos águilas americanas posadas en un arce de la isla. No lejos de ahí vimos el nido que tienen.

Y así desembarcamos en la isla, donde teníamos un picnic sencillo y muy auténtico, que incluía beer root (zumo de zarzaparrilla), que es como beber licor del polo, pero que les encanta. Es un gusto que no me dio tiempo a aprender, pero que dejó mi aliento fresco ;-)

Volvimos tranquilamente y descansamos el resto del día. Para esa noche, teníamos reservada una observación astronómica cerca de donde estábamos, pero las nubes nos obligaron a cancelar; fue una lástima porque el parque es una zona especialmente buena para mirar al cielo nocturno ya que tiene poquísima contaminación lumínica. Así que ya tenemos otra excusa para volver. A cambio, esa noche pudimos escuchar a los loons (columbios) cuyo canto por la noche es todo un símbolo del norte de USA y Canadá.

El Parque Estatal de Adirondack no requiere una entrada como tal; se puede visitar por libre en las (muchas) zonas habilitadas para visitantes; es un parque que recibe muchos visitantes, planifica con antelación porque la oferta hotelera no es enorme en según qué zonas del parque.

El segundo día fuimos a visitar el Museo del Parque: es muy completo y está muy bien montado, con una exposición interesante y muchas zonas de visita al aire libre. Como nos hizo muy buen tiempo, pudimos visitarlo entero y conseguir una visión más general de las Adirondacks.

Como teníamos tiempo, por la tarde recorrimos parte del parque en coche. Para llegar a cualquier sitio, hay que recorrer unas carreteras entre el frondoso bosque, donde cada poco hay que frenar para esquivar animales cruzando: pavos, ocas, ardillas, incluso ciervos o mapaches. Así que recorrer cualquier distancia es una ocasión genial para disfrutar del parque. Cruzamos el río Hudson en su nacimiento, un río que encontraremos más adelante en NYC. Y así nos acercamos a las Buttermilk falls, unas pequeñas cascadas que pudimos visitar en total soledad.

Esa noche el cielo estaba un poco más despejado, así que salimos al jardín, nos acomodamos en las sillas Adirondack y estuvimos un rato de observación: además de nuestro cielo más cercano, tras un rato de oscuridad pude apreciar parte de la vía láctea a simple vista y pude ver la galaxia de Andrómeda con los prismáticos gracias a la claridad del cielo.

Animales que hemos visto: columbios, águilas americanas, ciervos, un mapache (muerto en la carretera, sigh), pavos, un coyote, ardillas, chipmonks, sapos, pájaros carpinteros, ocas canadienses…

Han sido dos días de desconexión total y adaptación a los nuevos horarios; a las maravillas de este parque aún no nos acostumbramos. Ni vosotras os vais a acostumbrar a las maravillas de los selfies tontakos:

o de las foticos de estos días…

¡Seguid atentas!