El paseo a Fairy Falls es una ruta bastante popular, especialmente en verano. Nosotros nos despertamos con lluvia y una previsión de más lluvia. ¿Qué debíamos hacer?

Este es un post un poco especial porque además de la ruta en sí (spoiler: ¡la hicimos!), voy a contar algunas cositas sobre cómo nos preparamos las rutas que pueden resultar útiles.

La previa

Lo primero es buscar una ruta que nos llame la atención y ver si se adecua a nuestro nivel, o, si es muy difícil, ver si tiene una versión más sencilla. Como teníamos la previsión de lluvia, Alex la diseñó de forma que empezáramos con lo más interesante, tras lo cual podríamos decidir si nos volvíamos (habríamos aprovechado muy bien esa primera parte) o si seguíamos.

La ruta de las Fairy Falls sale por la antigua carretera, así que es un camino ancho, aunque el asfalto está ahora como desgranado, pero es sencillo caminar. Después va por un camino bien marcado hasta la cascada que da nombre a la ruta. Nuestra idea inicial era continuar hasta unos géiseres, y después seguir hacia el norte hasta la zona de Ojo Caliente, desde donde nos volveríamos por la antigua carretera, donde engancharíamos el último kilómetro con el camino del comienzo.

Equipamiento

Como la previsión era de lluvia y como al asomarnos a la ventana veíamos lluvia con un cielo encapotado hasta el infinito, sospechamos que si hacíamos la ruta, sería bajo la lluvia, y deberíamos ir con un equipamiento acorde.

Botas de montaña, con goretex y suela que agarre bien; como Alex lleva un giputxi en su interior, también íbamos con polainas (nos salvaron los pies y por ende nos salvaron la ruta); varias capas para el frío y un chubasquero bueno; funda para la mochila; funda estanca para el móvil (nuestro GPS durante el viaje); aunque hacía frescor, nos fuimos con los pantalones finos-que-se-secan-super-rápido.

¡A caminar!

Dejamos el coche en un parking junto a la carretera y nos pusimos en marcha. Desde primera hora nos caía una lluvia fina pero incesante así que tocó cubrirse (y proteger la cámara) desde primera hora.

La lluvia puede dinamitar un paseo si no estás mentalizada: si te mojas los pies o te entra agua y te enfrías, la incomodidad puede pasar mucha factura (includo un resfriado). Por eso, conviene llevar un extra de motivación.

Por ejemplo, ahí estaba yo diciéndome que llovía pero no hacía viento; que llovía pero no llovía mucho; o que llovía pero no hacía mucho frío. Además, está la motivación de saber que vas a hacer una ruta que muy poca gente hace (en otoño bajo la lluvia).

Una vez que me pongo el extra de motivación y que estamos ya en marcha, paso a disfrutar del entorno: el efecto de la lluvia sobre los árboles, la tierra húmeda y a ratos mojada son experiencias fantásticas. Los sonidos del bosque cambian bajo el agua: los pájaros se callan y las ardillas son más osadas. Además, el efecto de sentirme tan sola en medio del bosque hace que esté mucho más atenta a los sonidos de los depredadores que sabían de mis planes y me estaban esperando.

Y así llegamos a las Fairy Falls, una cascada de 60m sobre el Fairy Creek; es una cascada muy bonita así que saqué rápidamente la cámara para tomar alguna foto procurando que no se mojara.

Y entonces vimos el primer (aunque no último) reto:

Buscamos un rato hasta dar con el sitio para vadear el río que en un día así venía con bastante caudal. Hay distintas formas de vadear un río y yo las resumo en dos: puedes pasar por encima del agua sin mojarte, o puedes resbalarte de forma patosa y meter los pies hasta las rodillas. Bien, pues ahora que sabéis lo esencial, yo ni confirmo ni desmiento. Pero qué bonitasl as vistas de la cascada desde el otro lado del río.

Desde ahí hasta el Imperial Géiser seguimos el camino entre bosques y claros. La lluvia no daba tregua pero como el terreno era sencillo, podíamos mantener el ritmo previsto. Al llegar al géiser, un golpe de buena suerte nos permitió coincidir con una erupción:

Tras el momentazo, teníamos que decidir si seguíamos o no, dependiendo de cómo nos viéramos. Nos vimos fuertes, nos vimos motivados y nos vimos tontakos, así que decidimos seguir.

La siguiente parte del camino discurría junto a marismas, a veces tan cerca del agua que había que caminar sobre unos maderos que los bisontes ponen de forma super ordenada.

También nos encontramos en una zona con camino totalmente desdibujado, y casualmente pasando cerca de un géiser. El GPS ayudó algo, pero tuvimos que hacer un pequeño salto de fe al pasar muy cerca de un géiser, sin saber si es el camino correcto o estamos pasando por encima de terreno quebradizo. Álex cogió un poco de arena y la lanzó delante de sí, para ver si había un puente invisible al hereje… No lo había.

En ese momento agradecí muchísimo la charla “de la caca”, pues fui muy consciente de todas y cada una de las boñigas de bisonte; fui trazando líneas entre pastel y pastel, asumiendo que si un bisonte pasó por ahí, yo podría pasar por ahí. ¡Super truco senderista! (sólo aplicable si es una zona con bisontes, y no aplica si los bisontes están en la zona en ese momento; si están ahí, vete haciendo el moonwalker con cuidadín).

En cierto momento dejó de llover e incluso se asomó el sol entre las nubes. Los pantalones se secaron rápidamente y ganamos unos puntos de confort que nos vinieron de lujo pues un poco después nos encontramos en una encrucijada (literal y metafórica): podíamos volvernos cerrando el loop o hacer algún kilómetro más y acercanos a Ojo Caliente, un géiser cuyo máximo logro es que los americanos de USA se esfuercen con las fricativas velares sordas.

Y con las energías renovadas por la fotosíntesis mental, nos lanzamos a por estos kilómetros extra. Esta parte es la antigua carretera, así que es un camino ancho y bien dibujado, super sencillo para caminar. Un poco más adelante, vimos a un lado del camino una manada de bisontes. Hemos visto muchas y nos hemos cruzado con bastantes, así que nosotros seguimos a paso ligero hacia el géiser.

Entonces algo llamó nuestra atención: primero, algún bisonte andaba especialmente revuelto y otros bramaban mucho. Que un bisonte se mueva es para nosotros algo excepcional pues hemos jugado durante el viaje a “bisonte o roca” ya que están tan quietos que en el paisaje son indistinguibles. Tras los bramidos, llegó la réplica: lobos aullando a lo lejos. ¿Cómo de lejos? Ni idea. ¿Era por los bisontes? Probablemente no; los lobos son muy listos y no van a atacar una manada de bisontes que les puede destrozar. ¿Era por nosotros? Tal vez los lobos se estuvieran avisando de que había una manada de Tontakos. Como los lobos sonaban muy lejos y los bisontes parecían estar entre medio, decidimos continuar sin apenas miedito (bueno igual un poco #ay).

Llegamos al géiser y ese sí, era el punto más alejado que íbamos a recorrer. Tocaba volver por la misma carretera hasta encontrarnos con el tramo que habíamos hecho al principio de la mañana y que nos dejaría en el coche al cabo de un rato.

Y entonces, Yellowstone decidió responder a mis plegarias: se puso a llover fuerte, se levantó bastante viento y bajó la temperatura rápidamente. Porque este parque es así. Después del río caudaloso, las marismas, cruzar por donde los géiseres, los bisontes bramando y los lobos aullando, se nos ponía a llover del carajo. Nos lo tomamos con humor y marcamos un buen paso (para avanzar rápido y para no perder calor); por supuesto, en 30 segundos estábamos calados hasta las orejas.

La vuelta nos dio unas vistas (nuevas) preciosas; aun mojados como estábamos, pudimos disfrutar de los valles y del río Firehole. De pronto, en los últimos kilómetros dejó de llover y gracias al viento llegamos al coche casi secos.

Secos os quedáis vosotros con este selfie:

Aquí estamos, felices por haber terminado la ruta, con el hambre de mil bisontes, con nuestro justo homenaje tras la gesta: unos bagels hechos en casa que nos tuvimos que comer en el coche porque se puso a diluviar. Nos superion a gloria. Las foticos del día:

Esta fue la ruta que hicimos finalmente:

¡Espero que os haya gustado la aventurilla!